El arte de la espera nos regala la posibilidad de contemplar el mundo tal y como es cuando deja de saber que lo estamos observando. La quietud nos enseña a despertar nuestros sentidos. Dejamos de buscar y empezamos a percibir. Nuestros ojos se acostumbran al menor movimiento, el oído aprende a distinguir lo que antes era sólo silencio, y lo que parecía un paisaje inmóvil empieza a revelarnos, poco a poco, la vida que late en él.