Nada me hace sentir tan conectado a la vida como ese misterioso espacio de diálogo entre el día y la noche. Una transición casi onírica en la que el mundo parece quedar suspendido entre dos realidades.
Las sombras se alargan, los colores se apagan y las formas pierden esa nitidez que, hasta hace unos instantes, nos permitía reconocerlas fácilmente. El paisaje se transforma progresivamente hasta quedar reducido a lo realmente esencial, pasando a ser un baile de intuiciones y sugerencias. Los distintos elementos de la naturaleza, rocas, árboles, arbustos y animales se unen en forma de siluetas. Dejamos de buscar formas concretas y empezamos a intuir presencias. Ya no sabemos a ciencia cierta qué tenemos delante, pero en cierto modo tampoco sentimos la necesidad de saberlo.
El crepúsculo nos invita a aceptar la incertidumbre, a permanecer en ese espacio frágil y enigmático que se abre en la penumbra. Aquí la vida nos habla a través de otro lenguaje. Nos abandonamos al placer de dejar que sea este lienzo de sombras quien nos explique todo lo que desconocíamos del mundo que nos rodea y también de nosotros mismos.